Marko era un ser humano.
Su vida consistió en una serie de pasos, pasos aleatorios tan solo interconectados por el hecho de que los dieron las mismas piernas. Piernas que pudieron encajar en cualquier otro cuerpo, en el de Félix, o en el de Paolo, o quizás en el de Alejandro, pero que por cosas del efímero devenir, quedaron pegadas para siempre en el tronco, en el cuerpo, en el resto de humanidad de nuestro amigo Marko. Porque si no hubieran sido por esas piernas y esas rodillas y esos pies con uñas y mugre, no hubieramos conocido a Marko, porque si otras hubieran sido sus extremidades, Marko no nos hubiera pedido un traguito, un roncito, un poquitito de alcohol, con esa voz de nómada bohemio que solo se logra desarrollar a través de media vida. Por ende, tampoco estaría influenciado por el recuerdo que guardo de él y no estaría escribiendo estas palabras
Dios, me siento tan desconsiderado. Nunca le pregunté a Marko si era un Marco con C, o un Marko con K o si alteraba asiduamente las letras. Ya que escribí el primer párrafo con K, que quede que hablo de Marko, el periodista peruano residente en París, que conoci en Barranco luego de una noche que terminó siendo día...
El cielo cambiaba sus matices y el lila le ganaba al morado y el gris celeste le ganaba al lila. La noche se había pasado entre vasos llenos de cerveza, alternados por algunos con ron y otros con bebidas exóticas. Amontonados en una glorieta de Barranco, tirados uno con otros, descansábamos en rebaño luego del ajetreo, aún con un buen porcentaje de alcohol en las venas. No sé de dónde salió una bolsita con marihuana y tampoco sé cómo saqué de mi bolsillo una pipa. El punto es que en la otra esquina de la glorieta había un hombre tirado, o al menos la silueta de este. Solo pude apreciarlo de lejos, antes de lanzar. Luego de tres toques difíciles (porque el encendedor que usaba tenía la forma de un escarabajo), mi vista y mi atención se nublaba, me internaba en mí mismo aunque era el mismo. Estar duro significa alg muy espiritual para mí. Como una herramienta para aislarme de lo físico, de lo mundano, de lo concreto, para aislarme en algo más insustancial. Esta necesidad de abstracción se me presenta raras veces, pero ahí estaba yo, junto a camaradas de delirium trenmes, abstraído y con una leve conexión con mis sentidos.
Creo recordar que en medio de nuestra conversa de ebrios (esas en las que recuerdas quién hizo esto y quién, aquello y que no sé quién se perdió por no sé dónde y con quién apareció), mi vista se enfocaba en mi amiga Criss ya que le hablaba, o mejor dicho, hablaba con el aire y dejaba que este le dé mi mensaje. En medio del discurso, la silueta desenfocada se paró, se movió y parecía moverse. Mi cabeza estaba estancada en mi columna y no lograba voltear a ver. Una pregunta me hizo lograr voltear: "¿No tendrán un poquito de alcohol?"
Un vago. ¡Era un vago, claro! de esos en los que mi madre teme que me convierta. Qué alegría tenerlo por acá, entre estos muchachos que poco sabemos de sufrimiento. Pero por qué crees que sufro, si yo soy feliz siendo vago, ah perdón, claro. Vago, vago, yo soy vagabundo, pero vago no. Claro, he vagado alguna vez en mi vida, pero tú también y eso no te hace vago. Habrá que hacer una definición filosófica, epistemológica, lexicológica y ontológica de la palabra vago. Pero mira nos ahorramos sacar los libros, mira-¿pero no tendrás un poquito de alcohol?-mira mira, mira bien, carajo están fumando marihuana, disfruten disfruten, la marihuana es buena, qué rica es la ma-ri-huana, sí sí, muy rica, pero fumen sin vergüenza, ¿más bien no tendrán una gotita de ron? ¿no?, bueno solo hay mari-hua-na, no gracias yo no fumo, lo dejé, ah pero mira mira mira, carajo estás muy duro, jeje, ¿qué rica es la ma-ri-hua-na no?, tan rica que me da ganitas pero uy carajo no, pero me pica la mano, no me horneen chicos que me pica el brazo, pero mira mira, pero ahi qué rico huele a ma-ri-hua-na, pero bueno yo ya lo dejé, bueno mira, aquí está mi pasaporte, ¿ves? no soy vago, soy un vagabundo-¿algun vasito?-.
Marko nos había mostrado un pasaporte que no supe ver, creo recordar que nos mostró más de una libretita con pasta de cuero. Muchos papeles que no supe comprender debido a mi estado semi-onírico. Palabras como parís y periodista, otras como "veinte años y una hija". No lo sé. todo se me venía en paquetitos de amnesia, en letra china, en sueños. Mi mente estaba con goma y no escuché mucho. Pero me gustaba tenerlo cerca, me sentía protegido, como si su bigote y su barbilla y su color cobrizo me hicieran sonreír porque yo no sé qué hacer con una persona que habla mucho y habla de cosas que yo no sé. Un vago siempre hablará de cosas simples, de cosas bellas. Pero Marko no era un vago, era un vagabundo. Pensé darle un toque, porque él ya lo dejó, porque si lo haz dejado, entonces te puedes fumar uno, for old timnes ya que no lo haces porque necesitas, si no porque ya pues ahí está y ¿bueno no? Pensé abrazarlo o darle la mano cuando de pronto sacó de su cartera-claro, tenía una cartera-un PSP, esos aparatitos lúdicos portables. La cara de gelatina no se me supo disimular y por impulso se me abrieron los
ojos grandes, de lo chino que estaban. De dónde sacó este un PSP. todo parecía un sueño mal orquestado, qué hace un vago (perdón, un vagabundo) con un PSP en mi sueño, carajo, mucho San Marcos mucha crisis capitalista, mucho mi vieja comunista. Pero Marko seguía hablando y de pronto escuché francés, y oui y monsiour, y solo eso sé escribir. pero escuché mucho más. Luego entre el sueño veía fotos intercalándose una con otra, había una mujer y una bebita, o un bebita y una mujer. Pero la cosa era que ellas se mostraban en el PSP, y Marko seguía hablándonos que un periodista tenía una hijita y una esposa frances y que vivía en París y la verdad que estoy muy duro porque me pareció que Marko vivía en francia y tenía un PSP y una linda hija con su mamá francesa.
Bueno, estaba estonazo, borracho y feliz, pero no porque estaba estonazo y borracho, sino por Marko, que luego nos contó que había a venido a Lima a pasar las "fiestas" con su familia y que luego se regresaba a París. Toda su vida la vivió en Barranco, que tiene las huellas de sus zapatos Caterpilar impregnadas en todas las veredas. De pronto nuestro héroe de la noche se retiró como la sombra que era cuando vino. Nunca te olvidaré, le dije, no sé si me escuchó pero fue lo más sincero que dije esa noche.
Marko era un ser humano. Provisto de pies, piernas, sexo, extremidades, manos, cuello y cabeza. Pero creo-contradiciendo mi argumento inicial-que aunque esas piernas hubieran estado en otro tronco y Marko hubiera tenido las yucas más ricas de la selva, igual lo hubieramos visto tirado, en la glorieta de Barranco, en plena batalla de lilas y celestes grises.
