miércoles, 8 de junio de 2011

MIS DÍAS MÁS CUERDOS.


Mis ojos perdieron la costumbre de arañar y mis sueños no se diferencian de mis paseos cotidianos. Veo al doctor explorar con su cerebro el infinito y a los locos, tratando de sacar el infinito de sus cerebros. En ese continente de rostros y tejidos desatinados, en ese cofre de los miedos la Luna cuelga su escalera hasta mi relato en busca del gris simulacro de la vida.
                                                                                                        Daniel F.

¿Les dije que una vez estuve en el Larco Herrera?, pues  creo que no. Tengo un pasado del que no suelo acordarme porque según mi madre el no comer pescado ni tomar la leche en el desayuno ni rezar en latín, me hicieron tan defectuoso como la piedad de dIOS lo permitió. Pero bueno, digamos que les dije que un día me internaron entre esas paredes blancas que en realidad, blancas no eran. De hecho, compartían todas un brochazo de antigüedad color amarillo, salpicadas por la herrumbre de las rejas de metal descascaradas. Al menos así era mi pabellón. El pabellón menos violento, menos loco, o el más pasivo, el de los que eran enviados proque sus familias ya no podían con ellos. En algunos casos, el pabellón de los que no estaban locos, o no tan locos.
Entré al Larco porque un día me cansé de vivir, me dio la santa flojera de estudiar, trabajar y mantener a una familia que sabe QUIEN si me gustaría. Simplemente un día me tomé un carro y me bajé tres cuadras antes de la puerta principal. Me desarmé el polo, lo rompí; me tiré al suelo y me ensucié, ya venía con una semana sin bañarme así que el olor lo puse gratis. Y mirando hacia el cielo, llegué a la puerta principal y toqué el timbre, me vio un señor alto y con uniforme. Simplemente le pregunté: ¿aquí vive Jhon Lennon?

Solo pasé unos meses dentro, conocí a un puñado de gente, porque los demás estaban tan desubicados que ni hablarles podía. Había una señora que siempre miraba a la ventana y que cuando escuchaba el sonido de una gaviota(pues el sanatorio está colindante al mar) repetía pausadamente que algún día escaparía de ese lugar y se iría volando con ellas. De su boca solo salían esas palabras y si le hablabas, no respondía. Sus ojos parecían dos balas de plomo mojado, negros, brillantes, tristes y pesados...Un día le acompañé a mirar el cielo. Por dos horas nos la pasamos en un completo y eterno silencio. Era la hora de la siesta, pero Claire no dormía y yo estaba harto de esa cama dura y con olor a medicina. Simplemente la pasamos con la mirada erguida y los ojos reposando y los oidos atentos, Claire vestía una chompa muy fina de color rosa. Una falda de los años cincuenta marrón claro, una blusa blanca y unos zapatos de taco plano...Estando tanto tiempo con ella, me di cuenta que ella tarareaba una canción que se me hacía muy conocida, una americana muy antigua...que hace pocos meses pude ubicar. ( http://www.youtube.com/watch?v=Woj53n3b2wo). Luego de un tiempo, la acompañaba más asiduamente. Hasta que me encontré a mí mismo repitiendo sus bajas palabras...Parecía que le hablaba a alguien, pero nunca dirigió sus palabras a mí. Yo tampoco...ambos mirábamos a lados opuestos cuando repetíamos...

-Las gaviotas me hablan, me dicen que por qué sigo encerrada aquí, que vaya a volar con ellas...pero cómo podría...les digo, si no tengo plumas, dónde podría conseguir plumas. Sin plumas no puedo volar con ellas y me tengo que quedar aquí. Pero ellas me llaman y yo les digo que no puedo pero que sí quiero. Y que ellas me enseñarían a agarrarme de las ramas de los árboles, a hacer nidos en las torres de electricidad, a cazar peces en el litoral, a volar en el atardecer con la bandada, a buscar a la eterna pareja y a morir sentaditos y calladitos.

Pasaron los  días, las semanas y los doctores ya sospechaban de mi muy mal actuada locura, me veían reír a carcajadas con Manolo, un tipo que creía que era un salto la especie humana y que era más evolucionado que todos basándose en el hecho de que sus ojos estaban desorbitados y que miraba al mismo tiempo hacia la derecha y hacia la izquierda. Decía que la especie humana se había vuelto salvaje y brutal de nuevo, y que ahora debía mirar a todos lados al mismo tiempo para cuidarse la espalda. Y que sus ojos son producto de un salto evolutivo fuera de lo común. Bueno, era birolo y muy chistoso. Y se convirtió en uno de mis mejores amigos. Cada vez que despertaba, Manolo estaba con una pose de modelo griego mirando al horizonte, como si esperara que alguien eternice en una estatua su superioridad biológica. Dijo que sus padres intentaron operarlo para corregir su problema, pero que el rechazó tajantemente la oferta diciendo que si le quitaban su don, iba a extinguirse, que lo iban a capturar como perro y que lo iban a matar. También me contó, que su padre tenía una colección de documentales sobre la primera y la segunda guerra mundial. Creo ahora de dónde salió su miedo a la gente y su necesidad de cuidarse con tantas ansias las espaldas...

Semanas después, cuando oí al doctor Martínez mencionar que ya no tenía nada de loco, que el estar con gente más "arruinada que yo" había encontrado mi normalidad y que en unos días me harían retornar a mi casa...simplemente lo tomé con tranquilidad. La había pasado bien, aunque solo unas semanas, me encariñé con esos sinsentidos que los locos repetían, con las irracionalidades. Destruí los prejuicios que gobernaban mi existencia. Y perdí mi miedo a vivir como se me diera la gana...como se me diera la puta y regalada y perra gana.

El último día de mi estancia. La gente me despidió con una pequeña fiesta. Extrañamente todos me llamaban Fernando. No sé de dónde salió eso pero las enfermeras se mataban de risa. Manolo me miró a los ojos(obviamente no podía evitar reírme a morir mientras lo hacía) y me dijo que yo era la única persona en quien confiaba y que jamás me miraría de espaldas. Le sonreí y lo abracé con cariño...
Todos juntos me dijeron al unísono: Adiós, y esperamos no volverte a ver nunca más. 
Palmas...

Antes de irme, vi  a Claire en el mismo lugar de siempre, mirando al cielo. Me le acerqué. y de mis bolsillos, saqué un montón de plumas artificiales que había desollado de las almohadas...Se las pegué a la mano y se las froté para que las sienta, entonces por primera ve desvió la mirada y me vio a los ojos. Empezó  a llorar sonriéndome. 
-Ya tienes las plumas, anda, vete volando con las gaviotas...

Metí los montones de plumas a sus bolsillos. Y entonces me fui. Nunca más regresé. 
Entonces me pregunto, si el único tiempo en que en verdad estuve cuerdo, fue en el Larco Herrera y si-contrariamente a lo que piensan todos-toda mi vida fuera de ella ha sido una completa falacia.




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