lunes, 7 de noviembre de 2011

Gabriel ha muerto.

Gabriel se sienta en una banca del malecón de Miraflores (uno de los lugares más deprimentes que conozco), mira al mar, lo oye, lo siente, lo huele lo destruye con el pensamiento. El mar parece no hacerle caso en su eterno ir y venir. tan solo el crujir de las olas rompe con el silencio. Gabriel saca un cigarrillo de su bolsillo de la camisa, está algo chamuscado, así le gustan a él. Lo huele, se lo pasa por la nariz, lo aspira como si fuera lavanda, cierra los ojos en el proceso, saca el encendedor del pantalón. El sonido de las chispas lo seducen, el color del destello lo atrapa, lo sumerge y lo ahoga silenciosamente. Solo el dolor de su pulgar quemándose lo despierta. Enciende el rubio. Lo aspira y siente en su boca el amargo del humo y lo dulce en sus labios.Gabriel termina en silencio el cigarro y las cenizas ahora forman parte de ese universo en el que conviven los restos de tabaco incinerado y el pasto mojado de madrugada.

Gabriel, ¿Qué haz hecho Gabriel? ¿Por qué te sientes tan como espectro, como si buscaras refugiarte en cualquier cosa ínfima, buscando un sonido, un murmullo, una biruta de risa en tanto silencio. El mar se ha evaporado porque ahora es parte del silencio, de ese silencio embriagante que uno desearía  a veces tener en la cabeza-uno siempre se pregunta, o al menos Gabriel lo hace: Quién se estará riendo, por qué, con quién, uno se imagina, o al menos gabriel lo practica: el imaginar las facciones del rostro de quien esté soltando la carcajada. Si la risa es femenina y muy aguda, Gabriel se imagina a una mujer blanca con labial rojo en la boca, rubia, rolliza y con pies feos con talco. Tal vez se esté riendo de un suceso fatídico de alguna de sus enemigas a muerte. Debe estar con unas copas en la venas, con sus amigas del colegio, reunidas despues de años de ausencia; si la risa es muy grave, alguien obeso, si es como la de una niña, Gabriel se siente enamorado-, por ahora Gabriel busca refugio en pequeñas cosas, en la textura de la banca, en el olor del pasto húmedo, en la suavidad de su mejilla, en el olor que percibe de él mismo y de el sentimiento de alegría que le da ese aroma. En pequeñas cosas porque las cosas grandes lo han devastado. Gabriel se echa en la banca, mirando al cielo, tratándose de imaginar algunas estrellas, logra ver a la luna luchando con la neblina limeña. Gabriel siente la humedad de sus manos, hubiera deseado tenerlas secas y suaves para esta ocasión. Gabriel ya no siente sus propios latidos, entonces recuerda cuando se apoyaba en la cama contra la almohada y lograba percibir los bombeos de su corazón muy nítidamente, entonces contenía la respiración y el ritmo aceleraba, luego aspiraba muy lento y este disminuía. Ahora no siente eso. Se siente parte de la madera de aquella banca, se siente barniz y pintura verde, se siente metal corroído se siente duro y seco y maltratado.
¿Qué haz hecho Gabriel para sentirte así?
Entonces cierra los ojos, pero no duerme, abre la boca pero no respira, solo intenta acostumbrarse más a la forma de la madera, al frío que ya no enfría, Gabriel poco a poco deja de escuchar los sonidos lejanos indiferentes a él, luego deja de percibir el frío, la humedad que lo encierran sin escapatoria, no siente ni los vellos de su piel, ni sus poros ni su cabello chocar con su frente, no siente el contacto con la ropa ni las medias apretadas, ni el roce con la banca misma, luego deja de apreciar el aroma salado del aire, el del cigarro extinguido, el del pasto con un poco de caca de perro, Gabriel deja de oler el fierro húmedo y la madera pintada, tampoco siente su propia lengua, ni su estómago rugir de hambre, ni el reciente sabor a tabaco. Gabriel descubre que ya no es Gabriel, sino gabriel. Entonces, por último, Gabriel poco a poco, deja de oír el recorrido del mar, deja de oír las olas romperse en la arena, deja de oír la bruma chocar con el aire, poco a poco el mar, tan presente y tan tácito (pero presente en alguna forma), se hace invisible, inaudible, se hace nada. Ahora sí gabriel ya no siente nada, no es nadie, no tiene percepción ni de su propio infortunio, ni si quiera sabe que existe. Gabriel ha muerto.