miércoles, 31 de agosto de 2011
Para siempre esta noche.
La noche cae lenta
Como una pluma perdida en el aire,
Se quita la blusa la luna,
Se asoman tímidos los luceros,
Y la luz va perdiendo una silenciosa batalla.
Las farolas, parpadeantes,
Iinician su vigilia.
Calladas las aves,
ocultas en sus nidos de paja,
trémulas, nos observan,
lacerarnos con caricias de uñas,
ensortijarnos en una aleatoria figura,
de piernas, brazos y manos colapsadas.
¡Ah la noche!
Siempre con su oscuridad tímida,
Siempre verde de césped húmedo,
Siempre morada con tácitas estrellas,
siempre fugaces con neones ardientes,
Siempre frías,
siempre cálidas,
Siempre pálidas,
Y siempre, siempre, muy cortas.
De noche te amo más,
Si no fuera por la luz ausente,
mi pecho no se acongojaría,
Y no te lloraría mis palabras en tus mejillas.
De noche se camufla
Toda rencilla de dolor,
Se evaporan los cuerpos,
Y se condensan las miradas.
Entonces fugaces,
Uno sobre otro,
mirando al horizonte,
se nos estruja el pecho,
como si un hechizo se acabara
Y la vida se nos escapara de las manos...
...Es el alba.
viernes, 26 de agosto de 2011
La batalla
¡AH!
Hay en las partículas de aire,
rastros culpables de algún beso,
extraño, furtivo,
tímido, musical.
Foráneo.
Es su aroma, el aroma del ósculo,
olor húmedo, apretujado,
dientes tintineando la canción del beso.
lenguas entrelazándose. Cerrándose, partiéndose en dos.
Labios subyugándose, cediendo,
mordidos, atacados, mutilados, los labios del fiero beso.
Y las manos,
Mis manos,
Mis manos que te besan,
te besan profunda, calmada, parpadeante.
Oscilando en una cascada de caricias,
caen
yerran,
aterrizan, invaden.
Devastan.
Todo queda yermo,
un bosque deforestado,
por mis labios y tus dientes y tu lengua,
por el sabor de tu huemedad,
triste, lacrimal,
herida,
heridos,
muertos, lacerados, enterrados, resucitados.
Son tan tácitas las palabras,
Reemplazadas por los ojos cerrados.
En las batallas no se cruzan muchos vocablos
Solo se escuchan los disparos,
las bruces destrozándose,
las armas empuñándose,
todo húmedo,
todo lleno de infartos,
acariciando la sombra de tu cuerpo,
besándote.
besándote.
Toda, toda.
Toda.
Hay en las partículas de aire,
rastros culpables de algún beso,
extraño, furtivo,
tímido, musical.
Foráneo.
Es su aroma, el aroma del ósculo,
olor húmedo, apretujado,
dientes tintineando la canción del beso.
lenguas entrelazándose. Cerrándose, partiéndose en dos.
Labios subyugándose, cediendo,
mordidos, atacados, mutilados, los labios del fiero beso.
Y las manos,
Mis manos,
Mis manos que te besan,
te besan profunda, calmada, parpadeante.
Oscilando en una cascada de caricias,
caen
yerran,
aterrizan, invaden.
Devastan.
Todo queda yermo,
un bosque deforestado,
por mis labios y tus dientes y tu lengua,
por el sabor de tu huemedad,
triste, lacrimal,
herida,
heridos,
muertos, lacerados, enterrados, resucitados.
Son tan tácitas las palabras,
Reemplazadas por los ojos cerrados.
En las batallas no se cruzan muchos vocablos
Solo se escuchan los disparos,
las bruces destrozándose,
las armas empuñándose,
todo húmedo,
todo lleno de infartos,
acariciando la sombra de tu cuerpo,
besándote.
besándote.
Toda, toda.
Toda.
sábado, 6 de agosto de 2011
Sangre blanca.
A Gabriela.
Lima, tres a eme. En punto, ni un minuto más tarde ni más temprano. Es la hora precisa de los fantasmas, cuando las puertas que los encierran se hacen más vulnerables y alguno que otro logra escabullirse entre la atmósfera viva. Fantasmas. Son las tres y dos a eme. Y ando rodeado de esos espectros, ánimas, o recuerdos, que son lo mismo al fin y al cabo. Fantasmas que me entumecen más la nuca, mi casaca de cuero se vuelve de tela y deja pasar el silencioso frío limeño. Camino por la alameda Santa Rosa. Hay algunos chifas abiertos, las pollerías semivacías. Veo un hostal: Las Vegas. Me río de semejante título. ¿Cómo será por dentro? Entro, pregunto el precio, solo por curiosidad: cincuenta soles la noche y cuarenta la hora. Qué buena estrategia de marketing, pienso. Sin embargo me gusta el living. Pienso que tal vez sus cuartos no son tan fríos. Cuántas parejas habrán escuchado el gemido póstumo de un orgasmo (o la pretensión de los mismos) entre sus paredes. Cuántos habrán discutido en esos cuartos, cuantos se hospedaron solos durmiendo con la soledad metida entre las sábanas, hincándole las piernas. Cuántos más habrán hecho de ese hotel su hogar, cuántos, como yo ahora, habrán encontrado refugio entre sus paredes.
Llego a la Arequipa, Veo algunos pubs abiertos, algunas sangucherías que se disponen a cerrar, las emolienteras, tan férreas, soportando impertérritas el frío de madrugada. Tres y veinte a eme. Qué obsesión la mía por contar las horas, los minutos, los segundos. Dejé la botella de scotch en un bote que estaba estallando de basura, saco unos Nirvana. Trato de encenderlos. Inútil. Hace mucho viento. Me paro, y protejo con mi mano la llama. Clic, Crepitaciones, he aprendido a apreciarlas, a apreciar la amargura del humo en mi garganta, ese sabor que antes odiaba, hoy se me hace dulce. Es algo que me enorgullezco de amar. Sí, de amar. Le doy una pitada más al pucho y sigo caminando. Cuadra cinco, veo un concierto improvisado de putas. Unas damizuelas que parecen cantar precios. Algunas hacen el coro con cumplidos acerca de Mira que estás bueno y te puedo hacer un extra sin cobrarte, que por qué no me haces un espacio en ese auto tan sexy, si quieres te presento a Kassandra y la pasamos bien los tres. Otras practican la percusión con sus pulseras tan copiosas, amontonadas como inmigrantes en sus rollizas muñecas, con los tacones, que parecen ir a un compás salsero. Unos silbidos complementan el estruendo, unos gritos roncos de una mujer, que se pelea como gallina en un corral. Me acerco un poco caminando. Una me mira. No estoy completamente seguro si es mujer o si es travesti. No confío en mi vista ahora, estoy demasiado tocado. Converso con ella, sin embargo…
Despierto, tengo la boca seca. Una cama está debajo de mí. Huele mal, a sexo. Veo a alguien sin ropa mirando por la ventana. Ya no estoy tocado, ando más o menos. Ese alguien voltea hacia mí. Era chica.
Veo la nostalgia y melancolía de sus ojos, su cuerpo maltratado por la práctica de su “trabajo”. De su noche a noche. Sus pechos aún conservan un poco de firmeza, su piel no tiene mucho brillo. Sus brazos llenos de manchas rojas y su cuello con algunos chupetones, veo un moretón en su pierna. No me atrevo a verle el rostro. Hasta que una luz de carro se cuela por la ventana, alumbrándole fugazmente una mejilla. Hermosa. Hermosa tristeza la de su faz demacrada. Cuando logro verla a los ojos decide dejarse invadir por el pudor. Busca una bata vieja, se la pone. Se sienta y amablemente me pide que me retire. Que tiene que seguir trabajando.
Cuatro y treinta y cinco. Brasil. Me pongo a jugar en las anchas avenidas de Jesús María. No pasan muchos carros. Me echo en un tramo del asfalto. Miro el cielo, tan púrpura y tan denso. Tan, tan...tan limeño. Juego con mis manos, susurrando una canción: The blue bus is calling us
is calling us driver, where you taken us. Recuerdo que mi madre me contaba de las Tres Marías. Recuerdo mi niñez, tan intrascendental. Siempre he sentido que mi vida ha sido una sucesión de eventos desordenados, pasivos, latentes y que era mi función, mi labor ordenarlos. Condensarlos. Me pregunto cuál debió ser mi función en la vida. La literatura no me ayudó. Odio lo que escribo. La vida errante se me hacía muy solitaria. Viajé por todo el país, buscando a la gente adecuada para mí, no lo logré. Me aislé por unos años de la ciudad, intentando encontrarme a mí mismo como un ermitaño, esperando serlo. La soledad se me hizo muy húmeda y me enfermé, entonces decidí llevar una vida bohemia. Luego de un año, me hice conocido en los bares del centro de Lima, amigo de artistas, trovadores, escritores, pintores. Gente increíble. Y con tantos personajes, con tanto color humano, me sentí tan miserable de no poseer ninguna de sus cualidades, porque yo no canto, ni escribo, ni toco, ni pinto. Solo ando. Incompleto. Heterogéneo. Discordante, eso me decían a los dieciocho. Tienes un rostro alegre, incluso tienes esas arrugas que se forman al reírse mucho. Pero tienes los ojos tristes, las ojeras pronunciadas y los pómulos resaltantes. Nunca supe ordenar las facciones de mi rostro, ni las de mi vida. Más que ordenarlas, hacerlas armonizar. Equilibrarlas. Ahora mismo, no sé qué hago acá, con el celular apagado y con un hijo esperándome en la casa durmiendo en la cama de una esposa que llegó a mi vida tan inesperada y tan indeseadamente, luego de una noche demasiada etílica en el bar y después en el hotel San Martín. This is the end, my only friend the end...
is calling us driver, where you taken us. Recuerdo que mi madre me contaba de las Tres Marías. Recuerdo mi niñez, tan intrascendental. Siempre he sentido que mi vida ha sido una sucesión de eventos desordenados, pasivos, latentes y que era mi función, mi labor ordenarlos. Condensarlos. Me pregunto cuál debió ser mi función en la vida. La literatura no me ayudó. Odio lo que escribo. La vida errante se me hacía muy solitaria. Viajé por todo el país, buscando a la gente adecuada para mí, no lo logré. Me aislé por unos años de la ciudad, intentando encontrarme a mí mismo como un ermitaño, esperando serlo. La soledad se me hizo muy húmeda y me enfermé, entonces decidí llevar una vida bohemia. Luego de un año, me hice conocido en los bares del centro de Lima, amigo de artistas, trovadores, escritores, pintores. Gente increíble. Y con tantos personajes, con tanto color humano, me sentí tan miserable de no poseer ninguna de sus cualidades, porque yo no canto, ni escribo, ni toco, ni pinto. Solo ando. Incompleto. Heterogéneo. Discordante, eso me decían a los dieciocho. Tienes un rostro alegre, incluso tienes esas arrugas que se forman al reírse mucho. Pero tienes los ojos tristes, las ojeras pronunciadas y los pómulos resaltantes. Nunca supe ordenar las facciones de mi rostro, ni las de mi vida. Más que ordenarlas, hacerlas armonizar. Equilibrarlas. Ahora mismo, no sé qué hago acá, con el celular apagado y con un hijo esperándome en la casa durmiendo en la cama de una esposa que llegó a mi vida tan inesperada y tan indeseadamente, luego de una noche demasiada etílica en el bar y después en el hotel San Martín. This is the end, my only friend the end...
Aún me tiemblan las extremidades. Me enciendo otro mentolado. "mierda, la ceniza". Casi me lo termino cuando decido pararme. Veo a un tipo que se me acerca, examinándome. Pidiéndome que le diga la hora por favor. Intentando robarme tan burdamente. "Qué tal si me das tu reloj para ver por mí mismo". Le grito, le grito muy fuerte, lo intercepto con una llave que lo hace crujir contra el piso. Le pateo las piernas, me tiro encima de sus muslos y casi se los rompo. Lo golpeo como hubiera querido golpear al doctor Hernández. Me irrita la gente que no es directa. Te vas a morir.
Veo mis bolsillos. Tengo dos soles setenta, un celular, un encendedor de botón, unas llaves con un llavero de avioncito azul. Una cajetilla vacía de Nirvana’s, boletos de bus, una ramita de hierba y un papelito. El papel arrugado con letra de computadora que me ha traído acá, a este paradero de la Brasil donde esperaré mi carro para volver a mi edificio, a seguir esperando, quizás, lo único que en mi vida ha tenido (o tendrá, mejor dicho) sentido:
"RESULTADO DEL EXAMEN DE SANGRE:
CONTEO EXCESIVO DE GLÓBULOS BLANCOS: LEUCOCITOCIS"
lunes, 1 de agosto de 2011
LA VIDA...La vida.
-Es la mamá Bertha, se nos muere tío. No sabemos qué hacer. Está en la etapa terminal de un cáncer al colon.
-Nooo, ¿la comadre?, pero cómo es que nos venimos a enterar a estas alturas. Por qué no vinieron antes.
-Es que ni la mamá Bertha sabía del cáncer. ¡Los médicos nos dijeron que sus varices mal curadas expandieron el cáncer como el cohete!
-Ay carajo. En qué hospital está.
-Dos de mayo, tío.
-Está bien, el domingo iremos.
-Ay tío, ¡mi mamá!-y empieza a sollozar-.
-Tranquila sobrina, tranquila...
Hace unos pocos días, mi padre se enteró que su comadre estaba en las últimas, o en las primeras de las últimas. Recuerdo que de pequeño la iba a visitar en su casa en San Martín. Recuerdo el inmenso patio de su casa, donde solía jugar con primos que ahora no recuerdo en lo absoluto. Recuerdo fugazmente una cocina y las enredaderas invadiendo las mohosas paredes de esta. Las viandas condimentadas color chillón. Los juegos de lingo, de las escondidas con mi prima Paty (es el único nombre que recuerdo). Las camas rancias donde me quedaba a dormir mientras mis padres jaraneaban con los compadres. Las calles húmedas de la mañana, cuando volvíamos a casa. Recuerdo con una pizca de nostalgia los brazos enormes de mi tía Bertha, y sus grandes piernas atravesadas por enormes venas verdes, gruesas y sobresalientes. Esa era la tía Bertha. Tan grande que podía cargar en cada rodilla a algún niñato de los tantos que había en su casa.
Ahora la tía se está yendo. Hace algunos años que no la veo, cinco o seis, o siete, si se es más riguroso. Tengo ahora dos primas(Paty y su hermana, con un hijo cada una) sentadas en el sillón de mi casa, dándole la noticia a mi padre. Estoy algo molesto ahora, pues en unos instantes íbamos a ir de compras aprovechando un vale de consumo que mi madre había ganado en un concurso en su trabajo. Es increíble pensar cuan egoísta puedo ser.
Luego de media hora, mi padre despacha educadamente a mis primas, embajadoras de las malas nuevas. Detrás de ellas, camina su prole: dos mocosos, una niña de unos cinco años, un bebé y el esposo de una de mis primas-creo de Paty-.
En el carro, cuando nos dirigíamos de compras...mis padres empiezan el parloteo clásico. Que la mala alimentación, que los condimentos, que no se curó nunca esas varices...que "ves, chola, yo te dije que te curaras tus varices, por algo te lo digo", mi madre recordándola a viva voz, mi padre en silencio, escuchando y articulando alguna frase aprobatoria de vez en cuando, ya que estaba conduciendo el auto. Luego el infaltable...ven hijos, por algo su mamá les hace la comida sin condimentos y les da alimentos saludables. Y tú sin embargo, Andrés, te metes cochinadas al estómago, te vas a tomar como si fueras grande, vas a terminar mal como tu tía Bertha. Y así sucesivamente hasta llegar al mall, el discurso de los que están vivos, siguió vigente.
Todo eso pasó un viernes. Un viernes 29 de Julio.
El domingo 31, mis padres iban a visitar a mi tía Bertha, ese día almorzamos en un restaurante, los tres. Ya sentados en la mesa, mi padre mirando a mi madre y yo mirando el asiento vacío, pude notar un silencio que me incomodó. Y aunque a mi los silencios más que incomodarme, me tranquilizan, la mirada perdida de mi padre y la de mi madre, idéntica a la de su esposo, me hicieron tejer una serie de hipótesis de qué diantes pasará por la mente de mi viejo, de mi viejo, más que todo, siempre pensando en la muerte, siempre diciendo: cuando yo me muera, cuando ya no esté, ese día no podré ayudarlos. Un poco pesimista mi viejo, el viejo que en verdad, viejo se está poniendo. Tal vez es eso en lo que piensa, en que si le dicen de pronto...¡viejo!, no será solamente de cariño, viejo, ¿a qué edad se es viejo? a los cincuenta? a los sesenta?, hay quienes dicen que la vejez y la juventud dependen de cada uno. Pero lo cierto es que la mortalidad, no siempre tiene que ver con la edad. Somos títeres de ese maniobrador de almas que es la muerte. Sus hilos nos confunden y nos enredan y nos hacen pensar que mientras hagamos ejercicios, mientras comamos bien, tengamos buenas relaciones emocionales, durmamos a tiempo y las ocho horas, viviremos lo suficiente para saber el nombre de nuestros nietos, y con un poco más de ascetismo, el de nuestros bisnietos. Gran mentira y a la vez, gran verdad. Pero de la suerte no se puede escapar.
El domingo 31, mis padres iban a visitar a mi tía Bertha, ese día almorzamos en un restaurante, los tres. Ya sentados en la mesa, mi padre mirando a mi madre y yo mirando el asiento vacío, pude notar un silencio que me incomodó. Y aunque a mi los silencios más que incomodarme, me tranquilizan, la mirada perdida de mi padre y la de mi madre, idéntica a la de su esposo, me hicieron tejer una serie de hipótesis de qué diantes pasará por la mente de mi viejo, de mi viejo, más que todo, siempre pensando en la muerte, siempre diciendo: cuando yo me muera, cuando ya no esté, ese día no podré ayudarlos. Un poco pesimista mi viejo, el viejo que en verdad, viejo se está poniendo. Tal vez es eso en lo que piensa, en que si le dicen de pronto...¡viejo!, no será solamente de cariño, viejo, ¿a qué edad se es viejo? a los cincuenta? a los sesenta?, hay quienes dicen que la vejez y la juventud dependen de cada uno. Pero lo cierto es que la mortalidad, no siempre tiene que ver con la edad. Somos títeres de ese maniobrador de almas que es la muerte. Sus hilos nos confunden y nos enredan y nos hacen pensar que mientras hagamos ejercicios, mientras comamos bien, tengamos buenas relaciones emocionales, durmamos a tiempo y las ocho horas, viviremos lo suficiente para saber el nombre de nuestros nietos, y con un poco más de ascetismo, el de nuestros bisnietos. Gran mentira y a la vez, gran verdad. Pero de la suerte no se puede escapar.
En fin, decía que mi padre miraba al vacío. Ni si quiera su mirada chocaba con la de mi madre. Me puse a pensar. Que al transcurrir su vida, ¿Cuántas veces habrá recibido una noticia así? de jovenzuelo, tal vez, algún amigo metido en malas juntas, uno que otro que terminó bajo tierra por errores que cometió en la tierra. Luego, con el pasar de pocos años, tal vez un accidente, un desafortunado al que se le vaciaron los frenos, otro tal vez víctima de un asalto en las calles inseguras de Lima. Una muerte fatal para algunos con futuros tan prometedores, que tal vez lo hizo sentirse afortunado de estar vivo. Pero luego, cuando en su DNI la foto se hacía más achacada, más arrugada, y el cabello escaseaba más y las malas noticias llegaban más seguido, tal vez un pariente lejano, con quien jugaba de niño, ¡DE NIÑO!, muerto de un infarto, de un derrame por tanto estrés de la vida, muerto, bien muerto porque el tiempo se le expiró, porque el tiempo suele expirar en esta etapa de la vida, mi padre se pregunta cuándo expirará el suyo. ¿Cuándo?, aún con cincuenta y seis años, cuánto tiempo le queda. Cuántos amaneceres, cuántos whiskies más se podrá tomar sin miedo a que se le suba el colesterol y le reviente las venas. Poco a poco las malas noticias suben y suben como las burbujas de la coca cola que ya no puede tomarse. Aún tengo tiempo, se dice a sí mismo. Aún hay tiempo para mí. Tengo que sobrevivir. Tengo hijos que aún no son independientes. Las preguntas clásicas: me ha gustado mi vida, me ha gustado cómo la he vivido, he dañado a alguien, sí, seguro que sí, ¿Es irremediable?, aún tengo tiempo para realizar mis sueños, aún, aún puedo comprarme el VOLSKWAGEN que siempre quise, aún puedo visitar el Cuzco, o mi Ancash querida. Aún puedo poner el jacuzzi al baño del segundo piso. Aún, aún me queda tiempo para conocer más a mis hijos. Desde hoy mismo empiezo, despues que vuelva del hospital. No quiero terminar como Bertha, no. Eso no. Todo va a cambiar desde ahora, soy tan afortunado de seguir vivo.
Me doy cuenta que a mi padre le brillan los ojos. Yo ya he terminado de comer, mi padre me dice que si quiero, vayamos al cine después, en la tarde.
Cuando volvieron del hospital, el brillo de los ojos de mi padre desaparecieron, reemplazados por una opacidad que ocultaría al sol mismo. Le hice recordar sobre la salida al cine, le dije si aún quería ir (comprendía que tal vez no tendría ánimos después de su encuentro cercano con la muerte), solo me respondió: No hijito, tengo que trabajar, mejor el otro domingo.
A todo esto, luego me puse a pensar que el que piensa más en la muerte, disfruta menos de la vida.
O quizás no...no sé.
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