martes, 3 de abril de 2012

Invasión de la plaza


Poco a poco iban ganando terreno, conquistándolo todo, multiplicándose como una misteriosa mitosis, dos veces, tres, cuatro, cinco y así, trinchera tras trinchera, libro tras libro, cajón por cajón, esquina ganada esquina conquistada, cada pedazo de piso fue ocultado por el mar de cuerpos plásticos, ya no recordaba el color de la alfombra, ni la forma de la cama tendida. despertaba por las noches con un oso de peluche en mi cara, asfixiándome accidentalmente, luego los libros a veces me servían de frazada y se pegaban a mi cuerpo por los sudores nocturnos que tenía. había una selva que infestaba poco a poco, lentamente, dos veces, tres, cuatro, cinco y así mi alcoba se iba colonizando por osos felpudos, por libros amarillentos y tapas de libros y letras de libros y polvo de tiza y mas colores de madera y los empaques de los colores y los tajadores de los colores adjunto a las hojas sueltas, al tabaco suelto que cubría todo de un olor a canela, de tazas con café seco de varios días, de platos vacíos con arroces duros y manchas verdes. Entonces solo quedaba mi cama, mi cama que por estar en una posición elevada se mantenía como mi último bastión, como mi retaguardia mi castillo amurallado mis cocodrilos en las ciénagas, mis francotiradores de plástico y mis aviones de papel, contra los muñecos de mi infancia, los libros que me miraban con una mirada plana y arrugada, los cubiertos se alzaban y tiraban granadas de arroces duros y secos contra mis barcos de madera, contra mis témperas aliadas que lanzaban su néctar multicolor para que se resbalen los soldaditos verdes que en paracaídas emprendían la última conquista, el DIA D, la invasión póstuma, el hiroshima de mi alcoba, la sangrienta con rojo témpera refriega de los juguetes, de los libros y colores y camas y pisos, de los cachivaches que durante una época de mi niñez (y ciertamente durante estos últimos días) luchaban por no dejarme escapar de esa edad en la que te quedas encerrado en tu cuarto jugando y jugando y creando paisajes siderales en las paredes pulcras y tan obscenamente blancas.

Recuerdo aquel día en que gané la batalla contra los soldaditos verdes...hasta ahora no recordaba lo fácil que era dejarse llevar.

jueves, 23 de febrero de 2012

Verde esmeralda

Lo primero en lo que me fijé fue en las paredes de aquella casa y en las sombras que se subyugaban con cada esquina del lugar a eso del medio día. Las sombras eran muy puntiagudas, parecía como si la casa pusiera una cara recia y amarga, como si estuviera frunciendo el ceño en las ventanas, como si la puerta arrugada y marchita expresara un malestar, (tal vez debido a tantos temblores que se dan últimamente) o tal vez al olor a orina que despedía el poste contiguo. Lo segundo que miré fueron las manchas en las paredes hechas por todo el hollín que los carros depositaban encima de ella, si mirabas de cerca, podían cobrar vida y formar siniestras figuras o tiernas siluetas o incluso hasta me pareció ver el rostro de algún filósofo con una barba más grande de lo habitual. Estas manchas, negras manchas, se camuflaban entre las capas mal aplicadas de pintura, una tras otra, podía verse en la primera capa un color como que rojo ocre, la segunda capa era amarilla, la tercera era verde esmeralda y hubiera preferido que se quede ahí porque juzgo muy hermoso a ese color, pero había una cuarta capa y era celeste, un celeste chillón que se hacía más pálido con el sol limeño. Todo ese montón de pintura yacía amontonada una sobre otra provocando pequeños estallidos en las paredes. Porque parecían estallidos, como si hubieran disparado balas desde adentro del muro, y pequeños huecos con forma de volcanes se originaran, resquebrajándose hasta nivelarse con el resto de la pared.

Lo tercero y último que vi, porque ya me tenía que ir fueron las rejas de la casa, teñidas del óxido marrón y hasta amarillo, delgaduchas penetraban en los muros bajos de la casa, y terminaban con un penacho de flores inmóviles intersectadas perpendicularmente por una línea metálica horizontal, parecía que bailaban todas, escapando de la rigidez del día a día, o tal vez escapando de nuevo, del sol limeño. Bastaba tocarlas para agregar un poco de óxido a la mano, un recuerdo, un souvenir de la casa, que no te abría las puertas, pues un candado marca FORTE clausuraba la cerradura,pero que permanecía quieta, siempre con el rostro desencajado y molesto, como si se preguntara desde ya hace muchas capas de pintura: ¿quién construyó esta maldita ciudad y de dónde salieron estas personas?...