Poco a poco iban ganando terreno, conquistándolo todo, multiplicándose como una misteriosa mitosis, dos veces, tres, cuatro, cinco y así, trinchera tras trinchera, libro tras libro, cajón por cajón, esquina ganada esquina conquistada, cada pedazo de piso fue ocultado por el mar de cuerpos plásticos, ya no recordaba el color de la alfombra, ni la forma de la cama tendida. despertaba por las noches con un oso de peluche en mi cara, asfixiándome accidentalmente, luego los libros a veces me servían de frazada y se pegaban a mi cuerpo por los sudores nocturnos que tenía. había una selva que infestaba poco a poco, lentamente, dos veces, tres, cuatro, cinco y así mi alcoba se iba colonizando por osos felpudos, por libros amarillentos y tapas de libros y letras de libros y polvo de tiza y mas colores de madera y los empaques de los colores y los tajadores de los colores adjunto a las hojas sueltas, al tabaco suelto que cubría todo de un olor a canela, de tazas con café seco de varios días, de platos vacíos con arroces duros y manchas verdes. Entonces solo quedaba mi cama, mi cama que por estar en una posición elevada se mantenía como mi último bastión, como mi retaguardia mi castillo amurallado mis cocodrilos en las ciénagas, mis francotiradores de plástico y mis aviones de papel, contra los muñecos de mi infancia, los libros que me miraban con una mirada plana y arrugada, los cubiertos se alzaban y tiraban granadas de arroces duros y secos contra mis barcos de madera, contra mis témperas aliadas que lanzaban su néctar multicolor para que se resbalen los soldaditos verdes que en paracaídas emprendían la última conquista, el DIA D, la invasión póstuma, el hiroshima de mi alcoba, la sangrienta con rojo témpera refriega de los juguetes, de los libros y colores y camas y pisos, de los cachivaches que durante una época de mi niñez (y ciertamente durante estos últimos días) luchaban por no dejarme escapar de esa edad en la que te quedas encerrado en tu cuarto jugando y jugando y creando paisajes siderales en las paredes pulcras y tan obscenamente blancas.
Recuerdo aquel día en que gané la batalla contra los soldaditos verdes...hasta ahora no recordaba lo fácil que era dejarse llevar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario