martes, 3 de abril de 2012

Invasión de la plaza


Poco a poco iban ganando terreno, conquistándolo todo, multiplicándose como una misteriosa mitosis, dos veces, tres, cuatro, cinco y así, trinchera tras trinchera, libro tras libro, cajón por cajón, esquina ganada esquina conquistada, cada pedazo de piso fue ocultado por el mar de cuerpos plásticos, ya no recordaba el color de la alfombra, ni la forma de la cama tendida. despertaba por las noches con un oso de peluche en mi cara, asfixiándome accidentalmente, luego los libros a veces me servían de frazada y se pegaban a mi cuerpo por los sudores nocturnos que tenía. había una selva que infestaba poco a poco, lentamente, dos veces, tres, cuatro, cinco y así mi alcoba se iba colonizando por osos felpudos, por libros amarillentos y tapas de libros y letras de libros y polvo de tiza y mas colores de madera y los empaques de los colores y los tajadores de los colores adjunto a las hojas sueltas, al tabaco suelto que cubría todo de un olor a canela, de tazas con café seco de varios días, de platos vacíos con arroces duros y manchas verdes. Entonces solo quedaba mi cama, mi cama que por estar en una posición elevada se mantenía como mi último bastión, como mi retaguardia mi castillo amurallado mis cocodrilos en las ciénagas, mis francotiradores de plástico y mis aviones de papel, contra los muñecos de mi infancia, los libros que me miraban con una mirada plana y arrugada, los cubiertos se alzaban y tiraban granadas de arroces duros y secos contra mis barcos de madera, contra mis témperas aliadas que lanzaban su néctar multicolor para que se resbalen los soldaditos verdes que en paracaídas emprendían la última conquista, el DIA D, la invasión póstuma, el hiroshima de mi alcoba, la sangrienta con rojo témpera refriega de los juguetes, de los libros y colores y camas y pisos, de los cachivaches que durante una época de mi niñez (y ciertamente durante estos últimos días) luchaban por no dejarme escapar de esa edad en la que te quedas encerrado en tu cuarto jugando y jugando y creando paisajes siderales en las paredes pulcras y tan obscenamente blancas.

Recuerdo aquel día en que gané la batalla contra los soldaditos verdes...hasta ahora no recordaba lo fácil que era dejarse llevar.

jueves, 23 de febrero de 2012

Verde esmeralda

Lo primero en lo que me fijé fue en las paredes de aquella casa y en las sombras que se subyugaban con cada esquina del lugar a eso del medio día. Las sombras eran muy puntiagudas, parecía como si la casa pusiera una cara recia y amarga, como si estuviera frunciendo el ceño en las ventanas, como si la puerta arrugada y marchita expresara un malestar, (tal vez debido a tantos temblores que se dan últimamente) o tal vez al olor a orina que despedía el poste contiguo. Lo segundo que miré fueron las manchas en las paredes hechas por todo el hollín que los carros depositaban encima de ella, si mirabas de cerca, podían cobrar vida y formar siniestras figuras o tiernas siluetas o incluso hasta me pareció ver el rostro de algún filósofo con una barba más grande de lo habitual. Estas manchas, negras manchas, se camuflaban entre las capas mal aplicadas de pintura, una tras otra, podía verse en la primera capa un color como que rojo ocre, la segunda capa era amarilla, la tercera era verde esmeralda y hubiera preferido que se quede ahí porque juzgo muy hermoso a ese color, pero había una cuarta capa y era celeste, un celeste chillón que se hacía más pálido con el sol limeño. Todo ese montón de pintura yacía amontonada una sobre otra provocando pequeños estallidos en las paredes. Porque parecían estallidos, como si hubieran disparado balas desde adentro del muro, y pequeños huecos con forma de volcanes se originaran, resquebrajándose hasta nivelarse con el resto de la pared.

Lo tercero y último que vi, porque ya me tenía que ir fueron las rejas de la casa, teñidas del óxido marrón y hasta amarillo, delgaduchas penetraban en los muros bajos de la casa, y terminaban con un penacho de flores inmóviles intersectadas perpendicularmente por una línea metálica horizontal, parecía que bailaban todas, escapando de la rigidez del día a día, o tal vez escapando de nuevo, del sol limeño. Bastaba tocarlas para agregar un poco de óxido a la mano, un recuerdo, un souvenir de la casa, que no te abría las puertas, pues un candado marca FORTE clausuraba la cerradura,pero que permanecía quieta, siempre con el rostro desencajado y molesto, como si se preguntara desde ya hace muchas capas de pintura: ¿quién construyó esta maldita ciudad y de dónde salieron estas personas?...

sábado, 3 de diciembre de 2011

No soy vago, soy vagabundo.

Marko era un ser humano.
Su vida consistió en una serie de pasos, pasos aleatorios tan solo interconectados por el hecho de que los dieron las mismas  piernas. Piernas que pudieron encajar en cualquier otro cuerpo, en el de Félix, o en el de Paolo, o quizás en el de Alejandro, pero que por cosas del efímero devenir, quedaron pegadas para siempre en el tronco, en el cuerpo, en el resto de humanidad de nuestro amigo Marko. Porque si no hubieran sido por esas piernas y esas rodillas y esos pies con uñas y mugre, no hubieramos conocido a Marko, porque si otras hubieran sido sus extremidades, Marko no nos hubiera pedido un traguito, un roncito, un poquitito de alcohol, con esa voz de nómada bohemio que solo se logra desarrollar a través de media vida. Por ende, tampoco estaría influenciado por el recuerdo que guardo de él y no estaría escribiendo estas palabras

Dios, me siento tan desconsiderado. Nunca le pregunté a Marko si era un Marco con C, o un Marko con K o si alteraba asiduamente las letras. Ya que escribí el primer párrafo con K, que quede que hablo de Marko, el periodista peruano residente en París, que conoci en Barranco luego de una noche que terminó siendo día...

El cielo cambiaba sus matices y el lila le ganaba al morado y el gris celeste le ganaba al lila. La noche se había pasado entre vasos llenos de cerveza, alternados por algunos con ron y otros con bebidas exóticas. Amontonados en una glorieta de Barranco, tirados uno con otros, descansábamos en rebaño luego del ajetreo, aún con un buen porcentaje de alcohol en las venas. No sé de dónde salió una bolsita con marihuana y tampoco sé cómo saqué de mi bolsillo una pipa. El punto es que en la otra esquina de la glorieta había un hombre tirado, o al menos la silueta de este. Solo pude apreciarlo de lejos, antes de lanzar. Luego de tres toques difíciles (porque el encendedor que usaba tenía la forma de un escarabajo), mi vista y mi atención se nublaba, me internaba en mí mismo aunque era el mismo. Estar duro significa alg muy espiritual para mí. Como una herramienta para aislarme de lo físico, de lo mundano, de lo concreto, para aislarme en algo más insustancial. Esta necesidad de abstracción se me presenta raras veces, pero ahí estaba yo, junto a camaradas de delirium trenmes, abstraído y con una leve conexión con mis sentidos.
Creo recordar que en medio de nuestra conversa de ebrios (esas en las que recuerdas quién hizo esto y quién, aquello y que no sé quién se perdió por no sé dónde y con quién apareció), mi vista se enfocaba en mi amiga Criss ya que le hablaba, o mejor dicho, hablaba con el aire y dejaba que este le dé mi mensaje. En medio del discurso, la silueta desenfocada se paró, se movió y parecía moverse. Mi cabeza estaba estancada en mi columna y no lograba voltear a ver. Una pregunta me hizo lograr voltear: "¿No tendrán un poquito de alcohol?"
Un vago. ¡Era un vago, claro! de esos en los que mi madre teme que me convierta. Qué alegría tenerlo por acá, entre estos muchachos que poco sabemos de sufrimiento. Pero por qué crees que sufro, si yo soy feliz siendo vago, ah perdón, claro. Vago, vago, yo soy vagabundo, pero vago no. Claro, he vagado alguna vez en mi vida, pero tú también y eso no te hace vago. Habrá que hacer una definición filosófica, epistemológica, lexicológica y ontológica de la palabra vago. Pero mira nos ahorramos sacar los libros, mira-¿pero no tendrás un poquito de alcohol?-mira mira, mira bien, carajo están fumando marihuana, disfruten disfruten, la marihuana es buena, qué rica es la ma-ri-huana, sí sí, muy rica, pero fumen sin vergüenza, ¿más bien no tendrán una gotita de ron? ¿no?, bueno solo hay mari-hua-na, no gracias yo no fumo, lo dejé, ah pero mira mira mira, carajo estás muy duro, jeje, ¿qué rica es la ma-ri-hua-na no?, tan rica que me da ganitas pero uy carajo no, pero me pica la mano, no me horneen chicos que me pica el brazo, pero mira mira, pero ahi qué rico huele a ma-ri-hua-na, pero bueno yo ya lo dejé, bueno mira, aquí está mi pasaporte, ¿ves? no soy vago, soy un vagabundo-¿algun vasito?-.

Marko nos había mostrado un pasaporte que no supe ver, creo recordar que nos mostró más de una libretita con pasta de cuero. Muchos papeles que no supe comprender debido a mi estado semi-onírico. Palabras como parís y periodista, otras como "veinte años y una hija". No lo sé. todo se me venía en paquetitos de amnesia, en letra china, en sueños. Mi mente estaba con goma y no escuché mucho. Pero me gustaba tenerlo cerca, me sentía protegido, como si su bigote y su barbilla y su color cobrizo me hicieran sonreír porque yo no sé qué hacer con una persona que habla mucho y habla de cosas que yo no sé. Un vago siempre hablará de cosas simples, de cosas bellas. Pero Marko no era un vago, era un vagabundo. Pensé darle un toque, porque él ya lo dejó, porque si lo haz dejado, entonces te puedes fumar uno, for old timnes ya que no lo haces porque necesitas, si no porque ya pues ahí está y ¿bueno no? Pensé abrazarlo o darle la mano cuando de pronto sacó de su cartera-claro, tenía una cartera-un PSP, esos aparatitos lúdicos portables. La cara de gelatina no se me supo disimular y por impulso se me abrieron los
ojos grandes, de lo chino que estaban. De dónde sacó este un PSP. todo parecía un sueño mal orquestado, qué hace un vago (perdón, un vagabundo) con un PSP en mi sueño, carajo, mucho San Marcos mucha crisis capitalista, mucho mi vieja comunista. Pero Marko seguía hablando y de pronto escuché francés, y oui y monsiour, y solo eso sé escribir. pero escuché mucho más. Luego entre el sueño veía fotos intercalándose una con otra, había una mujer y una bebita, o un bebita y una mujer. Pero la cosa era que ellas se mostraban en el PSP, y Marko seguía hablándonos que un periodista tenía una hijita y una esposa frances y que vivía en París y la verdad que estoy muy duro porque me pareció que Marko vivía en francia y tenía un PSP y una linda hija con su mamá francesa.
Bueno, estaba estonazo, borracho y feliz, pero no porque estaba estonazo y borracho, sino por Marko, que luego nos contó que había a venido a Lima a pasar las "fiestas" con su familia y que luego se regresaba a París. Toda su vida la vivió en Barranco, que tiene las huellas de sus zapatos Caterpilar impregnadas en todas las veredas. De pronto nuestro héroe de la noche se retiró como la sombra que era cuando vino. Nunca te olvidaré, le dije, no sé si me escuchó pero fue lo más sincero que dije esa noche.
Marko era un ser humano. Provisto de pies, piernas, sexo, extremidades, manos, cuello y cabeza. Pero creo-contradiciendo mi argumento inicial-que aunque esas piernas hubieran estado en otro tronco y Marko hubiera tenido las yucas más ricas de la selva, igual lo hubieramos visto tirado, en la glorieta de Barranco, en plena batalla de lilas y celestes grises.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Gabriel ha muerto.

Gabriel se sienta en una banca del malecón de Miraflores (uno de los lugares más deprimentes que conozco), mira al mar, lo oye, lo siente, lo huele lo destruye con el pensamiento. El mar parece no hacerle caso en su eterno ir y venir. tan solo el crujir de las olas rompe con el silencio. Gabriel saca un cigarrillo de su bolsillo de la camisa, está algo chamuscado, así le gustan a él. Lo huele, se lo pasa por la nariz, lo aspira como si fuera lavanda, cierra los ojos en el proceso, saca el encendedor del pantalón. El sonido de las chispas lo seducen, el color del destello lo atrapa, lo sumerge y lo ahoga silenciosamente. Solo el dolor de su pulgar quemándose lo despierta. Enciende el rubio. Lo aspira y siente en su boca el amargo del humo y lo dulce en sus labios.Gabriel termina en silencio el cigarro y las cenizas ahora forman parte de ese universo en el que conviven los restos de tabaco incinerado y el pasto mojado de madrugada.

Gabriel, ¿Qué haz hecho Gabriel? ¿Por qué te sientes tan como espectro, como si buscaras refugiarte en cualquier cosa ínfima, buscando un sonido, un murmullo, una biruta de risa en tanto silencio. El mar se ha evaporado porque ahora es parte del silencio, de ese silencio embriagante que uno desearía  a veces tener en la cabeza-uno siempre se pregunta, o al menos Gabriel lo hace: Quién se estará riendo, por qué, con quién, uno se imagina, o al menos gabriel lo practica: el imaginar las facciones del rostro de quien esté soltando la carcajada. Si la risa es femenina y muy aguda, Gabriel se imagina a una mujer blanca con labial rojo en la boca, rubia, rolliza y con pies feos con talco. Tal vez se esté riendo de un suceso fatídico de alguna de sus enemigas a muerte. Debe estar con unas copas en la venas, con sus amigas del colegio, reunidas despues de años de ausencia; si la risa es muy grave, alguien obeso, si es como la de una niña, Gabriel se siente enamorado-, por ahora Gabriel busca refugio en pequeñas cosas, en la textura de la banca, en el olor del pasto húmedo, en la suavidad de su mejilla, en el olor que percibe de él mismo y de el sentimiento de alegría que le da ese aroma. En pequeñas cosas porque las cosas grandes lo han devastado. Gabriel se echa en la banca, mirando al cielo, tratándose de imaginar algunas estrellas, logra ver a la luna luchando con la neblina limeña. Gabriel siente la humedad de sus manos, hubiera deseado tenerlas secas y suaves para esta ocasión. Gabriel ya no siente sus propios latidos, entonces recuerda cuando se apoyaba en la cama contra la almohada y lograba percibir los bombeos de su corazón muy nítidamente, entonces contenía la respiración y el ritmo aceleraba, luego aspiraba muy lento y este disminuía. Ahora no siente eso. Se siente parte de la madera de aquella banca, se siente barniz y pintura verde, se siente metal corroído se siente duro y seco y maltratado.
¿Qué haz hecho Gabriel para sentirte así?
Entonces cierra los ojos, pero no duerme, abre la boca pero no respira, solo intenta acostumbrarse más a la forma de la madera, al frío que ya no enfría, Gabriel poco a poco deja de escuchar los sonidos lejanos indiferentes a él, luego deja de percibir el frío, la humedad que lo encierran sin escapatoria, no siente ni los vellos de su piel, ni sus poros ni su cabello chocar con su frente, no siente el contacto con la ropa ni las medias apretadas, ni el roce con la banca misma, luego deja de apreciar el aroma salado del aire, el del cigarro extinguido, el del pasto con un poco de caca de perro, Gabriel deja de oler el fierro húmedo y la madera pintada, tampoco siente su propia lengua, ni su estómago rugir de hambre, ni el reciente sabor a tabaco. Gabriel descubre que ya no es Gabriel, sino gabriel. Entonces, por último, Gabriel poco a poco, deja de oír el recorrido del mar, deja de oír las olas romperse en la arena, deja de oír la bruma chocar con el aire, poco a poco el mar, tan presente y tan tácito (pero presente en alguna forma), se hace invisible, inaudible, se hace nada. Ahora sí gabriel ya no siente nada, no es nadie, no tiene percepción ni de su propio infortunio, ni si quiera sabe que existe. Gabriel ha muerto.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Para siempre esta noche.


La noche cae lenta
Como una pluma perdida en el aire,
Se quita la blusa la luna,
Se asoman tímidos los luceros,
Y la luz va perdiendo una silenciosa batalla.

Las farolas, parpadeantes,
Iinician su vigilia.
Calladas las aves,
ocultas en sus nidos de paja,
trémulas, nos observan,
lacerarnos con caricias de uñas,
ensortijarnos en una aleatoria figura,
de piernas, brazos y manos colapsadas.

¡Ah la noche!
Siempre con su oscuridad tímida,
Siempre verde de césped húmedo,
Siempre morada con tácitas estrellas,
siempre fugaces con neones ardientes,
Siempre frías,
siempre cálidas,
Siempre pálidas,
Y siempre, siempre, muy cortas.

De noche te amo más,
Si no fuera por la luz ausente,
mi pecho no se acongojaría,
Y no te lloraría mis palabras en tus mejillas.
De noche se camufla
Toda rencilla de dolor,
Se evaporan los cuerpos,
Y se condensan las miradas.

Entonces fugaces,
Uno sobre otro,
mirando al horizonte,
se nos estruja el pecho,
como si un hechizo se acabara
Y la vida se nos escapara de las manos...

...Es el alba.




viernes, 26 de agosto de 2011

La batalla

¡AH!
Hay en las partículas de aire,
rastros culpables de algún beso,
extraño, furtivo,
tímido, musical.
Foráneo.

Es su aroma, el aroma del ósculo,
olor húmedo, apretujado,
dientes tintineando la canción del beso.
lenguas entrelazándose. Cerrándose, partiéndose en dos.
Labios subyugándose, cediendo,
mordidos, atacados, mutilados, los labios del fiero beso.
Y las manos,
Mis manos,
Mis manos que te besan,
te besan profunda, calmada, parpadeante.
Oscilando en una cascada de caricias,
caen
yerran,
aterrizan, invaden.
Devastan.

Todo queda yermo,
un bosque deforestado,
por mis labios y tus dientes y tu lengua,
por el sabor de tu huemedad,
triste, lacrimal,
herida,
heridos,
muertos, lacerados, enterrados, resucitados.

Son tan tácitas las palabras,
Reemplazadas por los ojos cerrados.
En las batallas no se cruzan muchos vocablos
Solo se escuchan los disparos,
las bruces destrozándose,
las armas empuñándose,
todo húmedo,
todo lleno de infartos,
acariciando la sombra de tu cuerpo,
besándote.
besándote.
Toda, toda.
Toda.


sábado, 6 de agosto de 2011

Sangre blanca.

A Gabriela.
Lima, tres a eme. En punto, ni un minuto más tarde  ni más temprano. Es la hora precisa de los fantasmas, cuando las puertas que los encierran se hacen más vulnerables y alguno que otro logra escabullirse entre la atmósfera viva. Fantasmas. Son las tres y dos a eme. Y ando rodeado de esos espectros, ánimas, o recuerdos, que son lo mismo al fin y al cabo. Fantasmas que me entumecen  más la nuca, mi casaca de cuero se vuelve de tela y deja pasar el silencioso frío limeño. Camino por la alameda Santa Rosa. Hay algunos chifas abiertos, las pollerías semivacías. Veo un hostal: Las Vegas. Me río de semejante título. ¿Cómo será por dentro? Entro, pregunto el precio, solo por curiosidad: cincuenta soles la noche y cuarenta la hora. Qué buena estrategia de marketing, pienso. Sin embargo me gusta el living. Pienso que tal vez sus cuartos no son tan fríos. Cuántas parejas habrán escuchado el gemido póstumo de un orgasmo (o la pretensión de los mismos) entre sus paredes. Cuántos habrán discutido en esos cuartos, cuantos se hospedaron solos durmiendo con la soledad metida entre las sábanas, hincándole las piernas. Cuántos más habrán hecho de ese hotel su hogar, cuántos, como yo ahora, habrán encontrado refugio entre sus paredes. 
Llego a la Arequipa, Veo algunos pubs abiertos, algunas sangucherías que se disponen a cerrar, las emolienteras, tan férreas, soportando impertérritas el frío de madrugada. Tres y veinte a eme. Qué obsesión la mía por contar las horas, los minutos, los segundos. Dejé la botella de scotch en un bote que estaba estallando de basura, saco unos Nirvana. Trato de encenderlos. Inútil. Hace mucho viento. Me paro, y protejo con mi mano la llama. Clic, Crepitaciones, he aprendido a apreciarlas, a apreciar la amargura del humo en mi garganta, ese sabor que antes odiaba, hoy se me hace dulce. Es algo que me enorgullezco de amar. Sí, de amar. Le doy una pitada más al pucho y sigo caminando. Cuadra cinco, veo un concierto improvisado de putas. Unas damizuelas que parecen cantar precios. Algunas hacen el coro con cumplidos acerca de Mira que estás bueno y te puedo hacer un extra sin cobrarte, que por qué no me haces un espacio en ese auto tan sexy, si quieres te presento a Kassandra y la pasamos bien los tres. Otras practican la percusión con sus pulseras tan copiosas, amontonadas como inmigrantes en sus rollizas muñecas, con los tacones, que parecen ir a un compás salsero. Unos silbidos complementan el estruendo, unos gritos roncos de una mujer,  que se pelea como gallina en un corral. Me acerco un poco caminando. Una me mira. No estoy completamente seguro si es mujer o si es travesti. No confío en mi vista ahora, estoy demasiado tocado. Converso con ella, sin embargo…
Despierto, tengo la boca seca. Una cama está debajo de mí. Huele mal, a sexo. Veo a alguien sin ropa mirando por la ventana. Ya no estoy tocado, ando más o menos. Ese alguien voltea hacia mí. Era chica.
Veo la nostalgia y melancolía de sus ojos, su cuerpo maltratado por la práctica de su “trabajo”. De su noche a noche. Sus pechos aún conservan un poco de firmeza, su piel no tiene mucho brillo. Sus brazos llenos de manchas rojas y su cuello con algunos chupetones, veo un moretón en su pierna. No me atrevo a verle el rostro. Hasta que una luz de carro se cuela por la ventana, alumbrándole fugazmente una mejilla. Hermosa. Hermosa tristeza la de su faz demacrada. Cuando logro verla a los ojos decide dejarse invadir  por el pudor. Busca una bata vieja, se la pone. Se sienta y amablemente me pide que me retire. Que tiene que seguir trabajando.
Cuatro y treinta y cinco. Brasil. Me pongo  a jugar en las anchas avenidas de Jesús María. No pasan muchos carros. Me echo en un tramo del asfalto. Miro el cielo, tan púrpura  y tan denso. Tan, tan...tan limeño. Juego con mis manos, susurrando una canción: The blue bus is calling us
is calling us driver, where you taken us
.
Recuerdo que mi madre me contaba de las Tres Marías. Recuerdo mi niñez, tan intrascendental. Siempre he sentido que mi vida ha sido una sucesión de eventos desordenados, pasivos, latentes y que era mi función, mi labor ordenarlos. Condensarlos. Me pregunto cuál debió ser mi función en la vida. La literatura no me ayudó. Odio lo que escribo. La vida errante se me hacía muy solitaria. Viajé por todo el país, buscando a la gente adecuada para mí, no lo logré. Me aislé por unos años de la ciudad, intentando encontrarme a mí mismo como un ermitaño, esperando serlo. La soledad se me hizo muy húmeda y me enfermé, entonces decidí llevar una vida bohemia. Luego de un año, me hice conocido en los bares del centro de Lima, amigo de artistas, trovadores, escritores, pintores. Gente increíble. Y con tantos personajes, con tanto color humano, me sentí tan miserable de no poseer ninguna de sus cualidades, porque yo no canto, ni escribo, ni toco, ni pinto. Solo ando. Incompleto. Heterogéneo. Discordante, eso me decían a los dieciocho. Tienes un rostro alegre, incluso tienes esas arrugas que se forman al reírse mucho. Pero tienes los ojos tristes, las ojeras pronunciadas y los pómulos resaltantes. Nunca supe ordenar las facciones de mi rostro, ni las de mi vida. Más que ordenarlas, hacerlas armonizar. Equilibrarlas. Ahora mismo, no sé qué hago acá, con el celular apagado y con un hijo esperándome en la casa durmiendo en la cama de una esposa que llegó a mi vida tan inesperada y tan indeseadamente, luego de una noche demasiada etílica en el bar y después en el hotel San Martín. This is the end, my only friend the end...
Aún me tiemblan las extremidades. Me enciendo otro mentolado. "mierda, la ceniza". Casi me lo termino cuando decido pararme. Veo a un tipo que se me acerca, examinándome. Pidiéndome que le diga la hora por favor. Intentando robarme tan burdamente. "Qué tal si me das tu reloj para ver por mí mismo". Le grito, le grito muy fuerte, lo intercepto con una llave que lo hace crujir contra el piso. Le pateo las piernas, me tiro encima de sus muslos y casi se los rompo. Lo golpeo como hubiera querido golpear al doctor Hernández. Me irrita la gente que no es directa. Te vas a morir.
Veo mis bolsillos. Tengo dos soles setenta, un celular, un encendedor de botón, unas llaves con un llavero de avioncito azul. Una cajetilla vacía de Nirvana’s, boletos de bus, una ramita de hierba y un papelito. El papel arrugado con letra de computadora que me ha traído acá, a este paradero de la Brasil donde esperaré mi carro para volver a mi edificio, a seguir esperando, quizás, lo único que en mi vida ha tenido (o tendrá, mejor dicho) sentido:

"RESULTADO DEL EXAMEN DE SANGRE:
CONTEO EXCESIVO DE GLÓBULOS BLANCOS: LEUCOCITOCIS"