-Es la mamá Bertha, se nos muere tío. No sabemos qué hacer. Está en la etapa terminal de un cáncer al colon.
-Nooo, ¿la comadre?, pero cómo es que nos venimos a enterar a estas alturas. Por qué no vinieron antes.
-Es que ni la mamá Bertha sabía del cáncer. ¡Los médicos nos dijeron que sus varices mal curadas expandieron el cáncer como el cohete!
-Ay carajo. En qué hospital está.
-Dos de mayo, tío.
-Está bien, el domingo iremos.
-Ay tío, ¡mi mamá!-y empieza a sollozar-.
-Tranquila sobrina, tranquila...
Hace unos pocos días, mi padre se enteró que su comadre estaba en las últimas, o en las primeras de las últimas. Recuerdo que de pequeño la iba a visitar en su casa en San Martín. Recuerdo el inmenso patio de su casa, donde solía jugar con primos que ahora no recuerdo en lo absoluto. Recuerdo fugazmente una cocina y las enredaderas invadiendo las mohosas paredes de esta. Las viandas condimentadas color chillón. Los juegos de lingo, de las escondidas con mi prima Paty (es el único nombre que recuerdo). Las camas rancias donde me quedaba a dormir mientras mis padres jaraneaban con los compadres. Las calles húmedas de la mañana, cuando volvíamos a casa. Recuerdo con una pizca de nostalgia los brazos enormes de mi tía Bertha, y sus grandes piernas atravesadas por enormes venas verdes, gruesas y sobresalientes. Esa era la tía Bertha. Tan grande que podía cargar en cada rodilla a algún niñato de los tantos que había en su casa.
Ahora la tía se está yendo. Hace algunos años que no la veo, cinco o seis, o siete, si se es más riguroso. Tengo ahora dos primas(Paty y su hermana, con un hijo cada una) sentadas en el sillón de mi casa, dándole la noticia a mi padre. Estoy algo molesto ahora, pues en unos instantes íbamos a ir de compras aprovechando un vale de consumo que mi madre había ganado en un concurso en su trabajo. Es increíble pensar cuan egoísta puedo ser.
Luego de media hora, mi padre despacha educadamente a mis primas, embajadoras de las malas nuevas. Detrás de ellas, camina su prole: dos mocosos, una niña de unos cinco años, un bebé y el esposo de una de mis primas-creo de Paty-.
En el carro, cuando nos dirigíamos de compras...mis padres empiezan el parloteo clásico. Que la mala alimentación, que los condimentos, que no se curó nunca esas varices...que "ves, chola, yo te dije que te curaras tus varices, por algo te lo digo", mi madre recordándola a viva voz, mi padre en silencio, escuchando y articulando alguna frase aprobatoria de vez en cuando, ya que estaba conduciendo el auto. Luego el infaltable...ven hijos, por algo su mamá les hace la comida sin condimentos y les da alimentos saludables. Y tú sin embargo, Andrés, te metes cochinadas al estómago, te vas a tomar como si fueras grande, vas a terminar mal como tu tía Bertha. Y así sucesivamente hasta llegar al mall, el discurso de los que están vivos, siguió vigente.
Todo eso pasó un viernes. Un viernes 29 de Julio.
El domingo 31, mis padres iban a visitar a mi tía Bertha, ese día almorzamos en un restaurante, los tres. Ya sentados en la mesa, mi padre mirando a mi madre y yo mirando el asiento vacío, pude notar un silencio que me incomodó. Y aunque a mi los silencios más que incomodarme, me tranquilizan, la mirada perdida de mi padre y la de mi madre, idéntica a la de su esposo, me hicieron tejer una serie de hipótesis de qué diantes pasará por la mente de mi viejo, de mi viejo, más que todo, siempre pensando en la muerte, siempre diciendo: cuando yo me muera, cuando ya no esté, ese día no podré ayudarlos. Un poco pesimista mi viejo, el viejo que en verdad, viejo se está poniendo. Tal vez es eso en lo que piensa, en que si le dicen de pronto...¡viejo!, no será solamente de cariño, viejo, ¿a qué edad se es viejo? a los cincuenta? a los sesenta?, hay quienes dicen que la vejez y la juventud dependen de cada uno. Pero lo cierto es que la mortalidad, no siempre tiene que ver con la edad. Somos títeres de ese maniobrador de almas que es la muerte. Sus hilos nos confunden y nos enredan y nos hacen pensar que mientras hagamos ejercicios, mientras comamos bien, tengamos buenas relaciones emocionales, durmamos a tiempo y las ocho horas, viviremos lo suficiente para saber el nombre de nuestros nietos, y con un poco más de ascetismo, el de nuestros bisnietos. Gran mentira y a la vez, gran verdad. Pero de la suerte no se puede escapar.
El domingo 31, mis padres iban a visitar a mi tía Bertha, ese día almorzamos en un restaurante, los tres. Ya sentados en la mesa, mi padre mirando a mi madre y yo mirando el asiento vacío, pude notar un silencio que me incomodó. Y aunque a mi los silencios más que incomodarme, me tranquilizan, la mirada perdida de mi padre y la de mi madre, idéntica a la de su esposo, me hicieron tejer una serie de hipótesis de qué diantes pasará por la mente de mi viejo, de mi viejo, más que todo, siempre pensando en la muerte, siempre diciendo: cuando yo me muera, cuando ya no esté, ese día no podré ayudarlos. Un poco pesimista mi viejo, el viejo que en verdad, viejo se está poniendo. Tal vez es eso en lo que piensa, en que si le dicen de pronto...¡viejo!, no será solamente de cariño, viejo, ¿a qué edad se es viejo? a los cincuenta? a los sesenta?, hay quienes dicen que la vejez y la juventud dependen de cada uno. Pero lo cierto es que la mortalidad, no siempre tiene que ver con la edad. Somos títeres de ese maniobrador de almas que es la muerte. Sus hilos nos confunden y nos enredan y nos hacen pensar que mientras hagamos ejercicios, mientras comamos bien, tengamos buenas relaciones emocionales, durmamos a tiempo y las ocho horas, viviremos lo suficiente para saber el nombre de nuestros nietos, y con un poco más de ascetismo, el de nuestros bisnietos. Gran mentira y a la vez, gran verdad. Pero de la suerte no se puede escapar.
En fin, decía que mi padre miraba al vacío. Ni si quiera su mirada chocaba con la de mi madre. Me puse a pensar. Que al transcurrir su vida, ¿Cuántas veces habrá recibido una noticia así? de jovenzuelo, tal vez, algún amigo metido en malas juntas, uno que otro que terminó bajo tierra por errores que cometió en la tierra. Luego, con el pasar de pocos años, tal vez un accidente, un desafortunado al que se le vaciaron los frenos, otro tal vez víctima de un asalto en las calles inseguras de Lima. Una muerte fatal para algunos con futuros tan prometedores, que tal vez lo hizo sentirse afortunado de estar vivo. Pero luego, cuando en su DNI la foto se hacía más achacada, más arrugada, y el cabello escaseaba más y las malas noticias llegaban más seguido, tal vez un pariente lejano, con quien jugaba de niño, ¡DE NIÑO!, muerto de un infarto, de un derrame por tanto estrés de la vida, muerto, bien muerto porque el tiempo se le expiró, porque el tiempo suele expirar en esta etapa de la vida, mi padre se pregunta cuándo expirará el suyo. ¿Cuándo?, aún con cincuenta y seis años, cuánto tiempo le queda. Cuántos amaneceres, cuántos whiskies más se podrá tomar sin miedo a que se le suba el colesterol y le reviente las venas. Poco a poco las malas noticias suben y suben como las burbujas de la coca cola que ya no puede tomarse. Aún tengo tiempo, se dice a sí mismo. Aún hay tiempo para mí. Tengo que sobrevivir. Tengo hijos que aún no son independientes. Las preguntas clásicas: me ha gustado mi vida, me ha gustado cómo la he vivido, he dañado a alguien, sí, seguro que sí, ¿Es irremediable?, aún tengo tiempo para realizar mis sueños, aún, aún puedo comprarme el VOLSKWAGEN que siempre quise, aún puedo visitar el Cuzco, o mi Ancash querida. Aún puedo poner el jacuzzi al baño del segundo piso. Aún, aún me queda tiempo para conocer más a mis hijos. Desde hoy mismo empiezo, despues que vuelva del hospital. No quiero terminar como Bertha, no. Eso no. Todo va a cambiar desde ahora, soy tan afortunado de seguir vivo.
Me doy cuenta que a mi padre le brillan los ojos. Yo ya he terminado de comer, mi padre me dice que si quiero, vayamos al cine después, en la tarde.
Cuando volvieron del hospital, el brillo de los ojos de mi padre desaparecieron, reemplazados por una opacidad que ocultaría al sol mismo. Le hice recordar sobre la salida al cine, le dije si aún quería ir (comprendía que tal vez no tendría ánimos después de su encuentro cercano con la muerte), solo me respondió: No hijito, tengo que trabajar, mejor el otro domingo.
A todo esto, luego me puse a pensar que el que piensa más en la muerte, disfruta menos de la vida.
O quizás no...no sé.
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