¡Ah!
¡Sacro dolor el que me flagela!
Mis manos se han vuelto de papel.
Tengo el torso hundido hasta los hombros.
Me pierdo, incesante,
En la multitud de mis recuerdos…
Ella los poblaba.
Cada uno.
Y en cada uno, de distinta manera.
Sus cabellos desordenados,
Que añejo me abrigaban,
Hoy me asfixian con presteza.
Sus manos suaves y efímeras,
Que solían erizarme hasta los latidos.
Ahora se llenan de llagas y escamas
Y como un rastrillo, van desgarrándome la piel.
Su aroma,
Del que yo me creía dueño,
Ahora es el olor fúnebre.
Su risa se ha vuelto puntiaguda y penetrante.
Y entre sábanas vacías la recuerdo,
En las noches.
Porque es una noche su ausencia.
La noche más oscura y gélida de invierno.
Sé que nos amamos poco.
Tímidamente…
Pero bajo nuestro silencio,
Ardía una llama añorando escapar,
Y alimentarse con nuestros suspiros.
Ahora esa llama se ha extinguido,
Las penumbras me han abrigado.
Y en las paredes de mi desconsuelo,
Escribo incesante…
¿Por qué, por qué se fue?
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