Mi padre solía(y no digo solía por la costumbre de poner la palabra antes de contar un hecho pasado, si no, por el hecho de que ya no sucede), cuando yo era un muchachito de 15 ó 16 años, contarme su niñez, que no fue ni triste, ni austera, si no oscura. Una niñez a la cual nunca envidié, porque estaba llena de malos recuerdos, tristes, muy tristes recuerdos; Es más, se me acongoja el pecho tan solo recordando aquellas memorias...
Mi padre se crió en el centro de Lima. Entre aquellos edificios que combinaban el trasnochado estilo colonial y un improvisado estilo "moderno", que tal vez en algunas ciudades del mundo han llegado a establecer bellas armonías, cosa que aquí no pasó. Entre calles húmedas(nunca supe por qué las calles del centro siempre estaban mojadas), entre edificios a punto de colapsar, entre cerros teñidos de casas de chillones colores y calles angostas...
Mi padre fue pobre, creo. O eso me trató de explicar siempre. Mi padre cree que sigue siendo pobre. Que algún día el dinero se le esfumará y que volverá a su infancia oscura, solo que sin la energía ni las fuerzas que siempre supo tener. Y extrañamente, aunque hace poco haya sido día de la madre, recuerdo a mi padre y me pongo a pensar en él. Mi relación con él nunca fue muy uniforme. Me explico: nunca fue la misma. De niño, recuerdo, él era muy juguetón y muy alegre. Casi nunca me gritaba, siempre me malcriaba y me dejaba burlarme de su brillante pelada. Creo que obtuve ese tono burlón de él...o bueno, gracias a él. Mi madre era la que intentaba adiestrarme y encaminarme por un camino correcto y disciplinado, como el que ella tuvo. Pero creo que los que me conocen asegurarían con su vida a que no le hice caso a mi inocente madre.
Era mi viejo( y digo viejo porque me enternezco siempre al hablar de mi padre) el que siempre me dejaba remedar a mi madre; el que casi nunca me reprendía y el que miraba a mi mamá cada vez que yo cometía algún pecadillo(picadillo) como diciéndole: Tú grítale, yo no puedo.
Yo no puedo, una resistencia que siempre mi padre tuvo. Yo no puedo gritarte, yo no puedo reprenderte, yo no puedo pegarte. No a ti. A nadie más. Porque eres el último y no puedo cometer los errores que cometí con tus hermanos mayores...Porque no puedo cometer los errores que cometieron conmigo.
Recuerdo una ocasión en la que me contó mi oldmen, cuando robaba cigarrillos inca, de un depósito en el centro de Lima. Me narraba con una sonrisa en la boca cómo con sus pillos amigos, se trapaba a la casa contigua al depósito, y se lanzaba al mar de cigarrillos que se fabricaban allí, entonces proseguía a llenarse con una rapidez casi sobrenatural los bolsillos de los pantalones con los incas. La mayoría se los fumaba con sus camaradas, los demás, me decía: los vendía.
Mi padre fue vendedor ambulante. Lustrabotas( solía decirme, que en esos tiempos, ser lustrabotas pagaba mejor y que se podía hasta hacer un buen negocio con el oficio)...Obrero, y muchas cosas más que NECESITABA SER...y no porque mi padre haya sido pobre(aunque rico no era, ni de clase media tampoco) si no, porque siempre tuvo ese espíritu fiero que necesitaba MÁS, de la libertad que tenía en casa. Libertad que le era condicionada por sus padres y por la clásica frase: "Mientras yo te mantenga, harás lo que yo te diga". No. Mi padre no se dejaba amilanar. Él solo se hizo. O bueno, él solo se dejo hacer. ¿Por quién? Por la calle. Por esa humedad, esos colores chillones, esas calles angostas y ese olor ácido de la madrugada limeña.
Siempre me decía: si tienes plata lo tienes todo. Y es que ese todo que mi viejo tenía de niño, era su libertad (como dice Sabato que en paz descanse: libertad para estar completamente solo). Su independecia siempre fue el quid de su vida. Nunca rogar. Nunca pedir permiso...Una especie de Anarquía que yo heredé de él. A pesar de ser diametralmente opuesto a mi viejo, soy el más parecido a él de la familia.
Y no me había dado cuenta de eso, hasta hace muy poco-porque somos tan tontas algunas personas que nos alucinamos únicos, sin antes mirar alrededor-cuando mi viejo me contó su primera vez, con una prostituta llamada Fresia, o Fresia, o Frescia, o tal vez ese no era ni si quiera su verdadero nombre. Me contó que acompañado de sus amigotes( no amigos) ingresó a un burdel que me asegura, ya no existe; tiró con una señorita de buena figura a la cual, cada vez que regresaba al antro, siempre buscaba. Por la forma triste y apagada que me contó ese episodio, creo inferir que nunca lo disfrutó, o que se enamoró de ella y un día volvió al burdel y no la encontró más...
Así era mi viejo, un alma errante. Nunca tuvo hogar. Él era de todos lados (como creo ser yo). Y creo que en una etapa temprana de su vida, se dio cuenta de lo solo que estaba. Y creo que por eso mismo, cuando conoció a mi madre, se casó con ella y decidió formar una familia. Para remediar esa soledad que lo aquejaba. Creo también que ese propósito se le olvidó en el transcurso en que nuestra familia se formaba. (Lo digo porque cometió los mismos errores que su padre cometió con él...esta vez con mis hermanos)...y no es por darme importancia, pero que cuando nací, volvió a recordar y nunca más se le borró de la mente. Él sacrificó su libertad, para dar eso que nunca le dieron: una familia.
Y bueno, como decía líneas atrás. De él heredé su terquedad, su espíritu(en su juventud) fiero de libertad, su aire nostálgico, sus ojos tristes, su pésimo sentido del humor, su tosquedad( que en realidad es una ternura irremediable, según las personas que MÁS me conocen), y sabe alguien que cosas más. Y estoy feliz de que así sea.
Lo único que nunca jamás desearía heredar de él...sería su pelada.
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