A Gabriela.
Lima, tres a eme. En punto, ni un minuto más tarde ni más temprano. Es la hora precisa de los fantasmas, cuando las puertas que los encierran se hacen más vulnerables y alguno que otro logra escabullirse entre la atmósfera viva. Fantasmas. Son las tres y dos a eme. Y ando rodeado de esos espectros, ánimas, o recuerdos, que son lo mismo al fin y al cabo. Fantasmas que me entumecen más la nuca, mi casaca de cuero se vuelve de tela y deja pasar el silencioso frío limeño. Camino por la alameda Santa Rosa. Hay algunos chifas abiertos, las pollerías semivacías. Veo un hostal: Las Vegas. Me río de semejante título. ¿Cómo será por dentro? Entro, pregunto el precio, solo por curiosidad: cincuenta soles la noche y cuarenta la hora. Qué buena estrategia de marketing, pienso. Sin embargo me gusta el living. Pienso que tal vez sus cuartos no son tan fríos. Cuántas parejas habrán escuchado el gemido póstumo de un orgasmo (o la pretensión de los mismos) entre sus paredes. Cuántos habrán discutido en esos cuartos, cuantos se hospedaron solos durmiendo con la soledad metida entre las sábanas, hincándole las piernas. Cuántos más habrán hecho de ese hotel su hogar, cuántos, como yo ahora, habrán encontrado refugio entre sus paredes.
Llego a la Arequipa, Veo algunos pubs abiertos, algunas sangucherías que se disponen a cerrar, las emolienteras, tan férreas, soportando impertérritas el frío de madrugada. Tres y veinte a eme. Qué obsesión la mía por contar las horas, los minutos, los segundos. Dejé la botella de scotch en un bote que estaba estallando de basura, saco unos Nirvana. Trato de encenderlos. Inútil. Hace mucho viento. Me paro, y protejo con mi mano la llama. Clic, Crepitaciones, he aprendido a apreciarlas, a apreciar la amargura del humo en mi garganta, ese sabor que antes odiaba, hoy se me hace dulce. Es algo que me enorgullezco de amar. Sí, de amar. Le doy una pitada más al pucho y sigo caminando. Cuadra cinco, veo un concierto improvisado de putas. Unas damizuelas que parecen cantar precios. Algunas hacen el coro con cumplidos acerca de Mira que estás bueno y te puedo hacer un extra sin cobrarte, que por qué no me haces un espacio en ese auto tan sexy, si quieres te presento a Kassandra y la pasamos bien los tres. Otras practican la percusión con sus pulseras tan copiosas, amontonadas como inmigrantes en sus rollizas muñecas, con los tacones, que parecen ir a un compás salsero. Unos silbidos complementan el estruendo, unos gritos roncos de una mujer, que se pelea como gallina en un corral. Me acerco un poco caminando. Una me mira. No estoy completamente seguro si es mujer o si es travesti. No confío en mi vista ahora, estoy demasiado tocado. Converso con ella, sin embargo…
Despierto, tengo la boca seca. Una cama está debajo de mí. Huele mal, a sexo. Veo a alguien sin ropa mirando por la ventana. Ya no estoy tocado, ando más o menos. Ese alguien voltea hacia mí. Era chica.
Veo la nostalgia y melancolía de sus ojos, su cuerpo maltratado por la práctica de su “trabajo”. De su noche a noche. Sus pechos aún conservan un poco de firmeza, su piel no tiene mucho brillo. Sus brazos llenos de manchas rojas y su cuello con algunos chupetones, veo un moretón en su pierna. No me atrevo a verle el rostro. Hasta que una luz de carro se cuela por la ventana, alumbrándole fugazmente una mejilla. Hermosa. Hermosa tristeza la de su faz demacrada. Cuando logro verla a los ojos decide dejarse invadir por el pudor. Busca una bata vieja, se la pone. Se sienta y amablemente me pide que me retire. Que tiene que seguir trabajando.
Cuatro y treinta y cinco. Brasil. Me pongo a jugar en las anchas avenidas de Jesús María. No pasan muchos carros. Me echo en un tramo del asfalto. Miro el cielo, tan púrpura y tan denso. Tan, tan...tan limeño. Juego con mis manos, susurrando una canción: The blue bus is calling us
is calling us driver, where you taken us. Recuerdo que mi madre me contaba de las Tres Marías. Recuerdo mi niñez, tan intrascendental. Siempre he sentido que mi vida ha sido una sucesión de eventos desordenados, pasivos, latentes y que era mi función, mi labor ordenarlos. Condensarlos. Me pregunto cuál debió ser mi función en la vida. La literatura no me ayudó. Odio lo que escribo. La vida errante se me hacía muy solitaria. Viajé por todo el país, buscando a la gente adecuada para mí, no lo logré. Me aislé por unos años de la ciudad, intentando encontrarme a mí mismo como un ermitaño, esperando serlo. La soledad se me hizo muy húmeda y me enfermé, entonces decidí llevar una vida bohemia. Luego de un año, me hice conocido en los bares del centro de Lima, amigo de artistas, trovadores, escritores, pintores. Gente increíble. Y con tantos personajes, con tanto color humano, me sentí tan miserable de no poseer ninguna de sus cualidades, porque yo no canto, ni escribo, ni toco, ni pinto. Solo ando. Incompleto. Heterogéneo. Discordante, eso me decían a los dieciocho. Tienes un rostro alegre, incluso tienes esas arrugas que se forman al reírse mucho. Pero tienes los ojos tristes, las ojeras pronunciadas y los pómulos resaltantes. Nunca supe ordenar las facciones de mi rostro, ni las de mi vida. Más que ordenarlas, hacerlas armonizar. Equilibrarlas. Ahora mismo, no sé qué hago acá, con el celular apagado y con un hijo esperándome en la casa durmiendo en la cama de una esposa que llegó a mi vida tan inesperada y tan indeseadamente, luego de una noche demasiada etílica en el bar y después en el hotel San Martín. This is the end, my only friend the end...
is calling us driver, where you taken us. Recuerdo que mi madre me contaba de las Tres Marías. Recuerdo mi niñez, tan intrascendental. Siempre he sentido que mi vida ha sido una sucesión de eventos desordenados, pasivos, latentes y que era mi función, mi labor ordenarlos. Condensarlos. Me pregunto cuál debió ser mi función en la vida. La literatura no me ayudó. Odio lo que escribo. La vida errante se me hacía muy solitaria. Viajé por todo el país, buscando a la gente adecuada para mí, no lo logré. Me aislé por unos años de la ciudad, intentando encontrarme a mí mismo como un ermitaño, esperando serlo. La soledad se me hizo muy húmeda y me enfermé, entonces decidí llevar una vida bohemia. Luego de un año, me hice conocido en los bares del centro de Lima, amigo de artistas, trovadores, escritores, pintores. Gente increíble. Y con tantos personajes, con tanto color humano, me sentí tan miserable de no poseer ninguna de sus cualidades, porque yo no canto, ni escribo, ni toco, ni pinto. Solo ando. Incompleto. Heterogéneo. Discordante, eso me decían a los dieciocho. Tienes un rostro alegre, incluso tienes esas arrugas que se forman al reírse mucho. Pero tienes los ojos tristes, las ojeras pronunciadas y los pómulos resaltantes. Nunca supe ordenar las facciones de mi rostro, ni las de mi vida. Más que ordenarlas, hacerlas armonizar. Equilibrarlas. Ahora mismo, no sé qué hago acá, con el celular apagado y con un hijo esperándome en la casa durmiendo en la cama de una esposa que llegó a mi vida tan inesperada y tan indeseadamente, luego de una noche demasiada etílica en el bar y después en el hotel San Martín. This is the end, my only friend the end...
Aún me tiemblan las extremidades. Me enciendo otro mentolado. "mierda, la ceniza". Casi me lo termino cuando decido pararme. Veo a un tipo que se me acerca, examinándome. Pidiéndome que le diga la hora por favor. Intentando robarme tan burdamente. "Qué tal si me das tu reloj para ver por mí mismo". Le grito, le grito muy fuerte, lo intercepto con una llave que lo hace crujir contra el piso. Le pateo las piernas, me tiro encima de sus muslos y casi se los rompo. Lo golpeo como hubiera querido golpear al doctor Hernández. Me irrita la gente que no es directa. Te vas a morir.
Veo mis bolsillos. Tengo dos soles setenta, un celular, un encendedor de botón, unas llaves con un llavero de avioncito azul. Una cajetilla vacía de Nirvana’s, boletos de bus, una ramita de hierba y un papelito. El papel arrugado con letra de computadora que me ha traído acá, a este paradero de la Brasil donde esperaré mi carro para volver a mi edificio, a seguir esperando, quizás, lo único que en mi vida ha tenido (o tendrá, mejor dicho) sentido:
"RESULTADO DEL EXAMEN DE SANGRE:
CONTEO EXCESIVO DE GLÓBULOS BLANCOS: LEUCOCITOCIS"
La biopsia no hace sino desenlazar una serie de sucesos que tienen que ver, íntegramente, con el ser humano, con su piel y su sangre. El orgasmo, el rostro ruborizado, la soledad, la leucemia, el reloj pegado al cuerpo, la agresión. Todo apunta a un hombre, un hombre que se desintegra, que se desintegró, recorriendo Santa Beatriz y Jesús María.
ResponderEliminarExcelente cuento, refleja buena parte de la típica ciudad cosmopolita que guarda los placeres mundanos de la sociedad bohemia.
ResponderEliminar